España: República o Monarquía

Javier Albert Gutiérrez. Alicante 13/04/2010

Pienso que es una polémica que ha sido superada por la Historia y sólo pueden sacarla a la luz partidos que tienen como fin acabar con el Estado español o partidos que han perdido su carisma  reivindicativo y han quedado vacíos de contenido. En la Edad Contemporánea ha habido innumerables repúblicas que han sido dictaduras, y dictaduras de lo más sangrientas que ha conocido la Humanidad. Pensemos en la República Francesa, en la URSS, la República Popular de China, la República de Corea del Norte, la República deSiria y la República de Camboya de Pol Pot, que derrocaron monarquías mediante el terror e inventaron el terrorismo de Estado para someter a sus propias poblaciones y establecer imperios donde se asesinaron a unos cien millones de civiles. Dichas repúblicas no sólo fueron una reacción frente al progreso social y cambio de la economía, sino que han servido de modelo, promoción y cobijo a toda clase de terroristas.

Tanto en la República como en la Monarquía se pueden dar todo tipo de regímenes. Hay repúblicas presidencialistas que se parecen más a las monarquías electivas y donde, incluso, a un Presidente le sucede su hijo, como en la República Comunista de Corea del Norte, con Kim Il Sung y su hijo Kin Jong Il, o la República Siria, con Hafez al-Assad y su hijo Bashar, o un miembro de su familia, de su clan o de su club, como en EE UU con los Bush o los Kennedy. Y hay monarquías parlamentarias donde los reyes no tienen responsabilidad política. La contradicción que se presenta en muchas repúblicas es que hay un Jefe de Estado de derechas y un Jefe de Gobierno de izquierdas, como ocurrió en 1999 en Francia y Portugal. O el caso de EE UU, con un Presidente demócrata y un Congreso republicano. Estas situaciones generan más tensiones y conflictos que equilibrio. De todas formas cada pueblo es consecuencia de su Historia, y tan inviable sería una Monarquía en EE UU como una República en España.

Hoy día los Estados con una mayor cota de libertades, de democracia, de estabilidad política, con mejores y más amplios sistemas de seguridad social, de justicia, de sanidad, de enseñanza, y con un mayor nivel de vida y más progresistas son monarquías, como Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Mónaco, Liechtenstein, Japón, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Esto no es una casualidad, porque todos estos países no sufrieron los envites ideológicos desestabilizadores de las repúblicas revolucionarias y se mantuvieron al margen de la influencia cultural de la Revolución Francesa. En ninguno de ellos el Partido Comunista ha tenido peso. Por lo que respecta a España, todo el mundo reconoce que el milagro de la Transición española y el gobierno del PSOE durante tres legislaturas hubiera sido imposible sin el amparo de la Monarquía.

Los países son fruto de su Historia, y se rigen por la razón histórica, por razones culturales, no por la lógica abstracta, ni por doctrinas ideológicas inventadas por intelectuales. Los países en los que se han impuesto sistemas políticos utópicos han terminado convirtiéndose en regímenes autoritarios de terror. Hay países como el Reino Unido, Holanda y el Reino de España que han sido formados como Estados por la Monarquía, que constituye la base de su estabilidad política. Si un día estos Estados cambiaran de sistema, dejarían de existir como Estados y desembocarían en el fracaso y la desintegración, lo que vendría muy bien a sus competidores y vecinos. Cada pueblo es consecuencia de su Historia, y tan inviable es una Monarquía en EE UU como una República en España.

Respecto al coste de mantener una familia real hay que decir que, cifras en la mano, la institución Monárquica es mucho más barata que una Presidencia de Estado, menos de la tercera parte que Italia, Francia o Alemania, el coste por español y año sale a 0’12 €.Pero, aunque no fuera así, hoy día, en que las grandes empresas se gastan tanto dinero en representación, la Casa Real da un prestigio a España que es verdaderamente impagable y que no podría dárselo una Presidencia de República.

El caso del Reino de España es paradójico. La derecha conserva todavía reminiscencias republicanas deFalange Española, que formó parte del Movimiento Nacional. Durante el Régimen de Franco, esa derecha criticaba por lo bajo a la Monarquía, a don Juan, y al Príncipe Juan Carlos. Entre otras cosas, porque no podían permitir la más mínima competencia carismática con su generalísimo. Aunque, por otro lado, el círculo culto de los franquistas sabía que España, a la muerte de Franco, o era Monarquía o no era. La historia de las dos breves Repúblicas españolas se lo recordaba. Así es que tuvieron que vivir durante muchos años con esa contradicción. Los comentarios que se oyen hoy día en los círculos de derechas siguen siendo antimonárquicos, porque no pueden evadirse de ese vicio, de esa herencia.

Cuando esta derecha vio que los socialistas podían ganar por cuarta vez las elecciones generales y coger la onda de una fase larga de expansión económica, se pusieron tan nerviosos que estaban dispuestos a acabar como fuera con el Gobierno del PSOE y con la Monarquía, si era necesario. A esa conspiración entre ciertos sectores del poder económico, de la Iglesia, de la  judicatura y de los medios de comunicación se la conoce en España como “El Sindicato del Crimen”. En ella estaban implicados entre otros: el Secretario del Partido Popular, Fco. Álvarez Cascos; el director del diario “El Mundo“, Pedro J. Ramírez; el juez Garzón, Francisco Umbral, Camilo José Cela, Antonio Herrero, locutor de la cadena de radio “La COPE“, propiedad de la Iglesia; Luis María Anson, director del diario “ABC”, y el abogado republicano de derechas Ángel García Trevijano, además de numerosos periodistas y jueces. El caso GAL fue uno de los temas que explotaron hasta la saciedad, aún a costa de dar oxígeno a una ETA moribunda. Cuando Luís María Ansón vio claramente que también iban por la Monarquía, destapó todo esto en la revista “Tiempo”y se formó un gran escándalo en la prensa española.

La gran paradoja está en que la Monarquía en España se ha reafirmado por obra y gracia de las clases populares, de los votantes de centroizquierda que tradicionalmente habían sido republicanos. Por el apoyo del PSOE, que es un partido oficial y tradicionalmente de ideología republicana. Tanto es así que las derechas lanzaron en son de burla el chiste de que Felipe González era de ideología “monarquicano”. Y por el Partido Comunista de Santiago Carrillo, quien afirmó que “mientras el Rey respetara y defendiera la Constitución, nosotros respetaríamos al Rey y a la Monarquía”. Felipe González, Santiago Carrillo y Adolfo Suárez fueron tres grandes estadistas que contribuyeron decisivamente a consolidar la Monarquía y la democracia en España. La posición del Partido Comunista cambió cuando en 1988 su Secretario General, Julio Anguita (antiguo militante falangista), que primero fue seminarista carmelita, después fracasó como aspirante a la Academia Militar de Zaragoza y a la Guardia Civil y, finalmente, consiguió trabajo como maestro de escuela, hizo un pacto con el Partido Popular de José Mª Aznar, para dar el “sorpasso” con la estrategia de “las dos orillas” y ganar las elecciones al PSOE. El pacto lo acordaron los dos líderes en una cena a la que los invitó el periodista del “El Mundo”, Pedro J. Ramírez, que actuó como intermediario. De Julio Anguita dijo Santiago Carrillo que era más joseantoniano (Jose Antonio Primo de Rivera) que comunista.

Las invasiones islámicasnapoleónicas, y la I y II Repúblicas no sólo saquearon y devastaron el patrimonio histórico y cultural de España, sino que la llevaron al borde de la desaparición. Todavía hoy siguen en las mismas los herederos ideológicos de aquellos, que, aunque son grupúsculos minoritarios, son muy violentos, activos e intimidatorios.

En España hoy día sólo son republicanos los retrofranquistas, neofalangistas, nacionalistas y comunistas.

No nos tiene que sorprender que el pueblo en el Reino de España apoye la Monarquía. La Monarquía en España ha tenido su más firme apoyo en el pueblo, en la burguesía y en los indígenas de las colonias. Y sus más enconados enemigos en las élites aristocráticas, nobles o plebeyas.

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