Alemania va bien, los alemanes no tanto

Rafael Poch La Vanguardia / 03-04-2011

En los últimos veinte años, el generoso Estado social alemán, ha perdido sustancia. Lo mismo ha ocurrido con la estabilidad y la calidad del empleo, que sigue siendo muy superior a la de la Europa del sur. Hoy, cuando el ciudadano contempla retrospectivamente el país en el que regía el Deutsche Mark, puede sentir cierto retroceso y degradación de la vida social Oliver de Ros

Si Alemania va tan bien, si crece un 3,5%, si tiene un desempleo moderado del 7% y tanto consenso social, ¿por qué su gobierno pierde una elección tras otra, como acaba de ocurrir en Baden-Württemberg, la región más próspera del país? ¿Por qué “ciudadano enfadado” (Wüttburger) ha sido declarada “palabra del año”? Puede que Alemania vaya bien -sobre todo comparada con la Europa del sur- pero los alemanes no tanto.

Tras la tópica afirmación española de que Alemania va bien porque, a diferencia de otros, “hizo los deberes”, se oculta una década de erosión del “Modell Deutschland” y del llamado “capitalismo renano” que enrareció el ambiente social. Aquel sistema de economía social de mercado construido alrededor del consenso fue, en gran medida, disuelto por la tardía, pero profunda, rendición alemana ante el neoliberalismo. La “ley de modernización de la inversión” del año 2004 autorizó los “hedge fonds”. Siete años después, la situación de los bancos alemanes es, “la más difícil de la UE”, según el Comisario europeo de Competencia, Joaquín Almunia.

Atención desviada

Los alemanes expresan una comprensión extremadamente crítica de la situación en la que se encuentra su país, tal como muestra una encuesta conjunta de la Universidad de Hohenheim y la banca ING-DiBA de Francfort que acaba de divulgarse. Pagar por los errores de otros es el asunto central de esta irritación nacional. Tres de cada cuatro alemanes (74%) creen que la política sirve a los intereses de las finanzas y la mayoría no cree que la política haya controlado la crisis financiera. Casi dos tercios opinan que sus políticos son incompetentes y los financieros irresponsables. Bombardeada por una intensa campaña institucional de “Alemania va bien”, la ciudadanía no ha comprado ese mensaje y demuestra un fuerte escepticismo.

Desde el gobierno y los medios de comunicación se ha practicado un sutil cambio de responsabilidad. Los alemanes pagaron 480.000 millones para salvar a sus bancos, más la parte que les corresponde en el salvamento del euro, directamente relacionado con sus propios bancos y los de otros países. Los países manirrotos de Europa han sido identificados como el malvado sujeto por el que hay que pagar, aunque la exposición de los bancos alemanes en deuda pública griega portuguesa, española, italiana e irlandesa ascienda a 612.000 millones de dólares. Los manirrotos europeos han cubierto a los bancos, a todos los bancos, incluidos los alemanes, en lo que ha sido, en última instancia, un recurso nacionalista. En parte este truco ha funcionado, pero hasta en la prensa nacional se habla de la situación de los bancos alemanes como “el secreto mejor guardado”.

Erosión del consenso tradicional

El otro gran aspecto del cambio que explica el malhumor alemán es resultado de quince años de aumento de las desigualdades y de la precariedad laboral. Alemania siempre fue un país socialmente más nivelado y laboralmente más sólido y seguro que la media europea, y esta regresión corroe los fundamentos del consenso social.

Desde 1990 hasta hoy, los impuestos a los más ricos bajaron un 10%, mientras que la imposición fiscal a la clase media subió un 13%. En veinte años la clase media se ha reducido, pasando del 65% a englobar al 59%. Los salarios reales se han reducido un 0,9%, mientras que los sueldos superiores y los ingresos por beneficios y patrimonio aumentaron un 36%. En 1987 los directivos de las principales empresas (índice DAX) ganaban como media 14 veces más que sus empleados, hoy ganan 44 veces más. Incluso en Alemania, la clase media está descubriendo la precariedad.

En el país de la seguridad laboral, un 22% de la población está hoy empleada en condiciones precarias y las cifras de paro son tan relativas como las que los griegos dieron en su día sobre sus cuentas. Oficialmente hay 3 millones de parados, pero no se cuentan las personas mayores de 58 años y las que figuran como no contabilizables. Tampoco entran en la estadística determinadas categorías no aseguradas, quienes asisten a cursillos de formación e integración, así como los parados que buscan trabajo mediante agencias privadas de empleo”, explica a La Vanguardia Dierk Hirschel, economista jefe de la Federación Alemana de Sindicatos (DGB). Así, la cifra de parados ya asciende a 4,1 millones. A ellos se suma otro 1,2 millones de personas que buscan trabajo sin estar registradas en las oficinas de empleo porque no tienen derecho a subvención alguna. Finalmente se incluye la consideración sobre, “4,2 millones de personas que trabajan involuntariamente a tiempo parcial, o que ganan tan poco que su salario no les alcanza para vivir”. Con todo eso en la cuenta, “el subempleo alemán afecta a 9,5 millones de personas, es decir tres veces más que lo reconocido por la cifra oficial de parados”, dice este economista.

Entre 1996 y 2010 el número de trabajadores temporales se ha multiplicado por cuatro, pasando de 180.000 a 800.000, y afecta cada vez más a personas cualificadas. Uno de cada dos trabajadores alemanes recibe inicialmente un contrato temporal. “El empleo temporal repercute negativamente en el bienestar de las personas e influye en su sentimiento de exclusión social”, “una integración estable en el mercado de trabajo es la condición esencial de la integración social”, constata un estudio de la Agencia Federal de Trabajo (BA).

El Estado social alemán sigue siendo amplio y la cogestión sindical en las empresas continua siendo un factor diferencial, pero la Alemania de hoy no es la de hace veinte años, cuando el espantajo comunista determinaba énfasis sociales que se han ido fundiendo. Obviamente, tampoco la moral del trabajo, e incluso las infraestructuras, son las mismas. Ahí es donde hay que situar la tan mencionada “nostalgia por el Deutsche Mark”: la diferencia no era la moneda, sino buena parte del clima social del país.

Crisis de lo político

Que todo esto no fuera propiciado por gobiernos conservadores de la CDU y el FDP, sino iniciado por verdes y socialdemócratas, explica que la crisis política afecte a todos los partidos, incluidos el socialdemócrata (SPD), que es el más castigado. Los verdes salen inmunes porque su electorado es sociológicamente uno de los menos sensibles a este cambio fundamental y de momento se benefician, pero el malhumor es bastante general.

Casi dos tercios de los alemanes (64%) creen que a los políticos les falta competencia para elaborar una estrategia capaz de prever las intenciones de las instituciones financieras, señala la encuesta de la Universidad de Hohenheim, según la cual domina la confusión: la evolución de la situación en los países de la UE, en los mercados financieros, así como las medidas políticas para contener la crisis, apenas son comprensibles. Tres cuartas partes de los encuestados (74%) dan por hecho que los políticos están más pendientes de los intereses del sector financiero que de los contribuyentes. Más de la mitad de la población está convencida de que la crisis financiera no puede ser controlada, y sólo uno de cada cuatro confía en que la política aumente a largo plazo su capacidad de influir sobre la economía y los bancos, señala el resumen del estudio.

“La gente parece cada vez menos cegada por frases como “no hay alternativa”, dice Claudia Mast, profesora de estudios de la comunicación en la Universidad de Hohenheim. “Los ciudadanos creen que los políticos no han hecho lo suficiente y temen que la crisis financiera se repita con aun mayor fuerza. Eso equivale a un voto de castigo a los bancos y compañías de seguros, pero también a los políticos”, dice a La Vanguardia esta coautora de la encuesta.

Mast subraya el escaso contraste de esta malhumorada opinión entre los diferentes grupos de la sociedad. “Apenas hay diferencia entre jóvenes y mayores, urbanos o rurales, o entre profesiones. La desconfianza hacia los políticos y el sector financiero se extiende por igual entre toda la población”, dice. La combinación de la prolongación de la vida de las centrales nucleares, decidida por Angela Merkel en septiembre, cotejada con la megacrisis nuclear de Fukushima, arroja el último dato de este latente enfado alemán de largo recorrido.

Linklavanguardia.es

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Fuente: rebelion.org

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