El penúltimo emperador franquista: Aznar López

Muchos claman al Papa para que pida disculpas. Yo nunca he oído a ningún musulmán pedirme a mí disculpas por haber conquistado España. ¡Nunca!” “Nuestro enemigo es tan feroz que se trata de él o nosotros, de nuestra victoria o de nuestra derrota

Aznar López. 2005. Whasington.

Pedro Luis Angosto | Actualizado 29 Septiembre 2011 – 08:37 h.

Su abuelo, Manuel Aznar Zubigaray perteneció al PNV durante unos cuantos años, pero hombre de culo inquieto decidió aproximarse a los conservadores republicanos cuando volvió de Cuba justo al proclamarse la II República. Desde el diario El Sol bailó todas las danzas, terminando, tras el golpe de Estado fascista de julio de 1936 convertido en uno de los mayores aduladores del sanguinario caudillo de España por la Gracia de Dios, ocupando después numerosas embajadas con el objetivo de difundir las grandezas de la Falange, la hispanidad y la espada más limpia de Europa. Para la posteridad dejó un ejemplo de coherencia política infinita y la Historia de la Cruzada, un libro sagrado que no debería faltar en la biblioteca de todo español que se precie de serlo. En el trono de la dinastía le sucedió el alférez Manuel Aznar Acedo, quien luchando contra las inclemencias del tiempo y las multitudes, consiguió llegar el primero a Alicante para velar el cadáver de José Antonio Primo de Rivera antes de salir en procesión rumbo a Madrid. Aquel gesto inenarrable, hoy casi olvidado, le sirvió a Aznar Acedo para dirigir desde 1942 a 1965 la Cadena Ser y Radio Nacional de España, además de otros muchos diarios, revistas y hojas oficiales que sería prolijo enumerar, terminando su carrera política junto a Manuel Fraga Iribarne en el ministerio de Información y Turismo, al frente de los servicios de propaganda franquista.

Es cierto, ya lo hemos dicho en muchas ocasiones, nadie tiene la culpa de ser hijo, nieto o bisnieto de quien sea; es más, la obligación de un hijo ante un buen padre es amarlo sobre todas las cosas. Sin embargo, una cosa es amarlo y otra venerar su pensamiento y su trayectoria pública. José María Aznar López es, además de muchas otras cosas que silencio por aquello de los juzgados, digno hijo y nieto de su padre y de su abuelo, por quienes siempre sintió un amor indescriptible y una admiración política y económica fuera de toda duda. Criado en los principios del movimiento nacional-católico, discípulo de los padres marianistas que regían el colegio del Pilar, Aznar López tuvo la gallardía de ponerse una españolísima camisa azul para acudir a clase el día en que arreciaban las protestas por el asesinato de Enrique Ruano y ya se sabe, la patria siempre recompensa a los valientes. Más tarde, el 1 de julio de 1969, sintiéndose aludido por un artículo de la revista SP, escribió un gallardo artículo del que entresacamos estas jugosas líneas: “Permítame Sr. Director realizar una pregunta: ¿No cree, usted, que teniendo un apellido de gran fuerza política como el que tengo; teniendo familiares como tengo en los más altos cargos políticos de la Nación, prácticamente; teniendo un historial falangista en mi familia como el que poseo: no cree, usted, repito, que para mí hubiese sido más fácil el irme al Movimiento y estar de convidado, que el estar listo para militar al lado de los “falangistas independientes”? Repito que hay casos peores que el mío y lo repito porque hay señores como el Sr. Martínez que lo olvidan y encima tachan a los falangistas “independientes” de convidados. Si el Sr. Martínez se hubiera tomado el trabajo de conocer a algún “falangista independiente”, se habría dado cuenta de que no forman especie alguna. Ellos son, por más que le pese a muchos, la auténtica encarnación del pensamiento joseantoniano, que no es precisamente el del Movimiento”. Aznar López se la estaba jugando, era joven y creía en la revolución, en que España debía seguir la senda trazada por José Antonio, “El Ausente”, para lograr así marchar por rutas imperiales. Todo un ejemplo de heroicidad y entrega que siempre marcaría su vida. Su amor por uno de los principales fundadores del fascismo español, llegaría a tal extremo que en 1979, poco después de que Tierno Galván ganase las elecciones al Ayuntamiento de Madrid, se opuso con vehemencia a que la Gran Vía madrileña dejase de llamarse José Antonio. No se trataba de que a esa hermosa callel la fuesen a rotular con el nombre de Stalin, no, simplemente le iban a poner: Gran Vía.

Pues bien, con esa maravillosa formación democrática, Aznar López conquistó Castilla y León, y como si fuera Pelayo o Wifredo el Pelos, emprendió la reconquista de España, utilizando para ello el embuste, el enredo, la descalificación, el insulto, la altanería y la mediocridad de alguien cuyo pensamiento cabe en un papel de fumar. Llegó a hablar catalán en la intimidad, negoció con ETA hasta la extenuación y llamó al grupo terrorista Movimiento Vasco de Liberación Nacional, seguramente una traición del subconsciente debido al profundo vasquismo de su abuelo Manuel. De acuerdo con los nacionalistas, modificó la ley del suelo para permitir que ningún solar patrio quedase sin su correspondiente edificio, disminuyó la Inspección de Hacienda, autorizó la creación de universidades privadas dónde los ricos pudiesen sacar sus títulos sin demasiadas pegas, privatizó totalmente las empresas públicas más rentables y desreguló el mercado financiero tal como hacían los neocon en Estados Unidos y otros países satélites, permitiendo de ese modo que, ante la perspectiva que se abría a la construcción, los bancos prestasen sin ningún tipo de seguridad sobre el cobro futuro y muy por encima del valor del bien hipotecado. Se inició así el ladrillazo que nos tiene atrapados, pero sobre todo nació de su política económica la inmensa deuda privada que nos lastra y nos empobrece de verdad, pues no es la deuda del Estado lo que pone en peligro nuestra economía –es perfectamente asumible- sino la que se deriva de aquel inmenso desatino que gracias a la estrategia crediticia irresponsable de su gobierno y de los bancos hizo creer a muchos que con dar dos palos al agua se hacía uno millonario, podía cambiar de mercedes cada seis meses y llamar a los funcionarios inútiles porque ganaban 1.200 euros al mes: ¡Eso me lo gano yo muchos días en una hora!

Aznar, ese hombre, introdujo en la democracia borbónica española la política del chulo, del grito, del insulto, del zafio, del señoritingo, del que habla de todo y no sabe de nada, del mentecato, del faltón, del paleto, institucionalizándola. Hasta su llegada, la derecha, en casi todas sus vertientes, guardaba las formas. Con su llegada, se quitó la máscara y nos llenó la vida de Aguirres, Villalongas, Pizarros, Ratos, Barberás, Zaplanas, Acebes, Rajoys –no sabe, no se acuerda, no contesta, no me interesa, no estuve allí-, Alperis, Fabras, Castedos, Gallardones, Vidales, Orejas, Costas, Aliertas, Teófilas, Cospedales, Cascos, Botellas y otros especímenes dignos de estudio. Lejos de sentirse avergonzado por su nefasta obra, por habernos llevado hasta a la proximidad del corazón de las tinieblas, ese hombre, Aznar, da consejos como si fuese el sabio de las siete cabezas, se mesa la melena y anuncia que está dispuesto a ofrecer nuevas glorias a España. Entre tanto, se dedica a hacer patria desacreditando la capacidad económica de su país, pero no la suya, pues cobra 200.000 euros como asesor de Endesa, 170.000 como consejero del grupo mediático ultraconservador del magnate Rupert Murdoch, un pellón de euros por los tres libros que le ha publicado planeta sin saber por qué ni para qué, otra barbaridad por hacer intermediario de la mayor empresa de minas de oro del mundo en Suramérica y una cantidad que desconozco de la empresa que tiene constituida con su santa mujer, Doña Ana Botella. Antes de entrar en política, vivían de su sueldo como funcionarios del Estado, aparte de lo que les diesen los papis. Todo un ejemplo a seguir.

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