UN QUIJOTE DE LA MEMORIA

Darío Rivas tiene 92 años. Llegó de niño a la Argentina y a los años se enteró de que su padre, alcalde en la provincia de Lugo, había sido fusilado por los fascistas. Hace un año inició una causa que pretende llevar a la justicia universal, ahora al otro lado del Atlántico. En una entrevista con Página/12 cuenta por qué lo decidió.

Página 12 / Rocío Magnani / 13-11-2011

Darío Rivas se despidió de su padre a los nueve años, cuando lo subieron a un barco rumbo a Buenos Aires. Lo volvió a perder a los 17, fusilado por oficiales franquistas, según le comunicaron en una carta; y le dijo adiós, por tercera vez, hace seis años, en el cementerio de Loentia, Galicia, donde logró enterrarlo tras décadas de búsqueda. Pero el hombre, gallego de raza, no se conforma ni olvida. Tiene casi 92 años y encabeza en la Argentina, donde vivió casi toda su vida, una denuncia para que los crímenes del franquismo no queden impunes. Pide justicia por su padre, Severino Rivas, que fue alcalde del ayuntamiento Castro de Rei, en la provincia de Lugo, cuando lo detuvieron y luego fusilaron “por traición a la patria”, el 29 de octubre de 1936.

El sol deslumbra la casita de rejas verdes de la calle Caxaraville, en Ituzaingó. Cruzando los primeros dormitorios, Darío Rivas espera en un banco de piedra del jardín, con la vista perdida o, quizás, la memoria aferrada a algún recuerdo. Viste de traje, corbata celeste y chaleco de lana. Acaba de regresar del centro porteño y, a pesar de los casi 92 años que cumplirá en febrero, lo hizo en tren. Sobre una mesa ratona de su living, amontona algunos artículos sobre su último viaje, en agosto pasado, a España, para participar de un foro en la Universidad de Salamanca. Además, aprovechó la visita para sumarse a la Ronda de la Dignidad en Puerta de Sol, que se hace cada jueves, en simultáneo con la que realizan las Madres de Plaza en torno de la Pirámide de Mayo. En esa manifestación denunció que a más de 75 años del inicio de la Guerra Civil, “los culpables no han sido juzgados, el gobierno de España no busca a sus desaparecidos y muchos niños secuestrados no conocen su verdadera identidad”. “Eso es una vergüenza, no de España sino de la humanidad –cree Rivas–. Es dejar vivo el antecedente de un genocidio impune que van a pagar las generaciones futuras. Por eso, si no lo hacen ellos, como debería ser, lo haremos desde aquí”, desde Argentina. “Lo haré yo, un viejo, desde Ituzaingó”, se ríe.

“(Francisco) Franco prometió antes de morir que detrás de él todo iba a quedar ‘bien atado’. Y así fue. En España siguen viviendo la dictadura franquista. El hizo las leyes, nos impuso el tipo de gobierno que quiso (monarquía parlamentaria) y nombró al rey (Juan Carlos de Borbón) como su sucesor. Dos años después de su muerte, en 1977, los funcionarios de la Falange sancionaron la Ley de Amnistía, que establece que nadie puede ser juzgado por crímenes políticos cometidos en esa época. Y desde entonces no cambió nada”, asegura Rivas a Página/12.

–Usted vino de muy chico a Buenos Aires…

–Cuando tenía nueve años.

–¿Qué recuerdos tiene de su padre?

–Y… de él me acuerdo mucho. Recuerdo que era un padre excepcional para esa época. Me ha llevado al teatro cuando yo era sólo un niñito de aldea para que conociera algo del mundo. Vivíamos bien. Yo era el más chico de nueve hermanos, mi madre había muerto cuando tenía cinco. Por ese tiempo, además de labrador, mi padre hacía durmientes para el ferrocarril. De todos modos, él sabía que mi futuro en España iba a ser malo y como acá tenía tres hermanos, me subió al barco. Cuando llegué al país, no había pisado nunca una escuela.

–Su padre, ¿ya era alcalde cuando usted emigró?

–No, eso fue unos años después, pero mi padre ya era un hombre de respeto. Cuando la República ganó las elecciones, lo primero que él hizo como gobernante fue traer un maestro del Estado y habilitar nuestra casa para poner la escuela. No cobraba ni alquiler, ni nada. En una oportunidad en que llego a España, un amigo mío me dice: “Oye, yo estudié en tu casa”. Y yo: “Mira qué negocio, tú estudiaste en mi casa, y yo tuve que hacer 12 mil kilómetros para ir al colegio”. Cuando llegó Franco, a los primeros que mataban era a los maestros, porque como daban un poco de inteligencia, los calculaban comunistas, rojos o lo que sea.

–Y él era socialista, ¿no?

–No. Ahí te equivocás, nena. A él le gustaba ayudar a los pobres y practicaba el socialismo del corazón, no como estos caudillitos de la sociedad española que dicen que son socialistas y no lo son. ¿Qué es ser socialista? ¿Zapatero es socialista? ¿El, que no hace nada para que se juzguen los crímenes de Franco? El socialismo hay que practicarlo con el corazón, no hablando. Si no, es una farsa. Hace algunos años, el ayuntamiento de Castro de Rei decidió ponerle el nombre de mi padre a una calle en homenaje a sus actos. Entonces, hicieron una evaluación de su gestión y lo que descubrieron es que le sobraban méritos. Así que allá está, la Rua Severino Rivas.

–¿Por qué actos lo distinguieron?

–Mi padre le daba algo de propiedad (de tierras) a la gente que no tenía nada que comer para que sembraran. Porque España fue un país feudal y se pasó hambre, aunque no lo dice nadie. Los únicos que comían eran los curas, los militares y los señores feudales. Estaba lleno de gente con tuberculosis. A mi padre primero lo procesaron por revolucionario porque no permitió que la gente pagara impuestos en una feria. El recaudador le preguntó por qué se metía y él respondió: “Pero si esta gente no vendió nada, ¡cómo le vas a pedir los impuestos y encima aumentados!”. Entonces el recaudador llamó a la Guardia Civil, que llegó a caballo, montando de a dos, y para reprenderlo, lo atropellaron. Mi padre no era hombre que se dejara tratar de esa forma, así que los bajó de la montura a los golpes. La conclusión del asunto: lo llevaron a la cárcel.

–¿Cómo se enteró de su asesinato?

–A los 17, por carta. Yo sabía que algo así podía pasar porque los militares en España siempre son los mismos: estudian para matar y casi toda la vida se les concreta la idea. Es un defecto de nacimiento, y no sólo de los españoles. Peor, si después no se condenan sus crímenes. En la Universidad de Salamanca me preguntaron si yo perdonaba a España… Y si perdonar significa callar u olvidar, no, yo no perdono. Yo acuso. Porque a España no le debo nada y porque si hago esto es por esperanza, jamás por rencor. Por eso, si el juicio no fuera bien o hubiera problemas, yo voy a renunciar a la ciudadanía española con una declaración por la permanente injusticia que se vive todavía.

Buscar verdad

“Papá, descansa en paz, te lo pide tu hijo mimado.” Esas palabras fueron las que, tras décadas de incertidumbre sobre el paradero de los restos de su padre, Darío logró grabar el 19 de agosto de 2005 sobre la lápida de la tumba de Severino Rivas Barja, a quien “asesinaron el 29 de octubre de 1936 los falangistas”. La placa concluye: “Volvió a casa para descansar en Paz”. Para ello, primero hubo que rastrear y exhumar sus restos.

–¿Cómo los encontró?

–Estaba de viaje en España en 2004, cuando entramos con mi sobrina a una casa de recuerdos en Portomarín. La mujer que atendía me contó que de muy joven había visto un hombre asesinado y tirado en la carretera, el cuerpo estaba tapado con un gabán. Yo recordaba que mi hermana le había regalado uno por esa época. Enseguida fui a ver al carnicero, que me llevó a ver a otro viejito que vivía al lado del cementerio y tenía enterrado a su padre allí. Pero mi padre resultó que estaba escondido detrás de una capilla de Cortepezas, a tres kilómetros de Puerto Marín.

–Empezó a investigar…

–Claro. Empecé con los viejos de esa zona y, entre ellos, uno recordaba haber visto su cuerpo tirado en la carretera y le tocó velarlo. El sabía dónde lo habían enterrado. El procedimiento de los falangistas era matemático para todo el mundo. Secuestraban, iban y sacaban a la persona de la casa, lo llevaban y lo mataban. Después, lo tiraban en la cuneta de la carretera boca arriba para escarmiento del pueblo. Y como no podía quedar el cuerpo allí, le avisaban a cualquiera para que después lo enterraran donde ellos decían.

–¿Hubo que reunir pruebas para que se autorizara la excavación?

–Sí, pero para eso estaban los registros del Archivo Histórico, que decían que lo fusilaban por “oposición a la autoridad” y “traición a la patria”. Están todas las constancias con las firmas de los falangistas, cuando le pedían al ejército y rogaban a Su Señoría que condenaran a Severino Rivas por traición a España. Cinco tiros le dieron los falangistas a mi padre, que por entonces tendría 58 años. Yo pensaba: “¡Pero cómo es que juzgan (así) a mi padre, si es que los traidores de la patria eran Franco y toda su camarilla!”. Finalmente, y con la ayuda de la Asociación de la Memoria, pudimos exhumar sus restos y enterrarlo en el panteón de la familia, en Loentia.

–Pasó casi dos tercios de su vida buscando a su padre, ¿cómo vivió las horas de exhumación?

–Tenía una gran ansiedad porque los restos habían quedado justo donde caía el agua desde la pendiente de un techo, fue muy poco lo que se recuperó y se tardó mucho tiempo. Pero sentí un gran alivio, estaba cumpliendo con mi padre. Mucha gente puede preguntarse para qué llevar flores al cementerio, si el muerto ni se entera. Pero soy yo el que necesito llevar las flores, no el muerto. Yo necesitaba encontrar algo de mi padre. Era como un mandato y una necesidad humana mía.

–¿Desde chico sentía esa necesidad?

–No, no te olvides que una cosa es cuando sos joven. Sabía que no me gustaba lo que había pasado y no pensaba volver a España nunca más. Era odio con el país porque me había tenido que ir para poder vivir, porque España no me mandaba al colegio, no me daba de comer y porque España me había robado a mi padre. Pero cuando fueron pasando los años, viajé a España y empecé a querer saber. Allá nadie me hablaba de mi padre. Había un silencio no cómplice, pero sí temeroso.

–¿Cómo es eso?

–Mis hermanos sabían dónde estaba y se llevaron el secreto a la tumba porque temían que yo hiciera algo y que me mataran a mí también. Recuerdo que la primera vez que volví a España fue en 1952, por pedido de mi mujer, que quería ver a una tía que tenía allá. Desembarcamos en el puerto de La Coruña y lo primero que vi fue a las mujeres de luto. Todas las mujeres y algún hombre de negro también, parados en la acera. Y es que iba a pasar un personaje, el mismísimo Franco, el animal ese en su coche blindado, rodeado de moros con capas de lujo haciéndole escolta. Ostentando, entre toda esa gente que había perdido a sus seres queridos. Todo era luto en España. Había mucho miedo.

Buscar justicia

Ahora, Darío Rivas quiere que los crímenes del franquismo no queden impunes. Aunque España no los juzgue, la causa que impulsó, que ya suma una decena de querellantes, apelará a los principios universales que impiden que los crímenes de guerra, por ser de lesa humanidad, prescriban.

–¿Por qué España nunca logró juzgar los crímenes de la Guerra Civil?

–Durante la dictadura, el pueblo no se animó a reclamar porque literalmente te cortaban la cabeza, ¿pero hoy? Por un lado, está la complicidad de ciertos sectores. Muestra de eso es que en el Parlamento se hayan negado en julio pasado a derogar la Ley de Amnistía de 1977 o que le hayan iniciado un prevaricato al juez (Baltasar) Garzón por tratar de investigar. Ni siquiera la Real Academia Española quiere reconocer a Franco como dictador.

–¿Y por la otra parte?

–Hay una idiotez del pueblo. En España se han perdido los sentimientos: los jóvenes no protestan por la impunidad y, a los viejos, Franco les puso tanto pánico que todavía algunos le temen hoy, en democracia.

–¿Qué quisiera que se logre con esta denuncia?

–Hay 113 mil cuerpos desaparecidos, 30 mil niños secuestrados, 2500 fosas sin abrir en las que se acumulan los cuerpos a montones. En el cementerio de Zaragoza se fusilaron 1500 contra el paredón. Es una vergüenza. Quiero que se juzgue al franquismo. Eso sería agarrar a los que queden vivos y hacer que Franco quede en la historia como un dictador y un criminal de lesa humanidad, y no en un mausoleo turístico del “Valle de los Caídos”. Que los cadáveres se recuperen para ser entregados a sus familias como héroes, y no como víctimas, porque no murieron producto de un accidente, fueron asesinados por un dictador. Muchos españoles piensan que si hay cuerpos en fosas comunes, “por algo será”. Yo no quiero que ese pensamiento exista. Me recuerda lo que escuchábamos acá en la dictadura: “Algo habrán hecho”.

Diccionario de memoria histórica

El objetivo de la obra es aportar claridad conceptual y servir de instrumento para la necesaria reflexión crítica sobre la memoria histórica y sus posibilidades de futuro.

nuevatribuna.es | | 14 Noviembre 2011 – 18:28 h.

El Profesor Titular de Filosofía del Derecho Universidad Carlos III de Madrid, Rafael Escudero Alday, ha coordinado esta obra que se presentará el martes 15 de noviembre a las 19 horas en el Centro Cultural Blanquerna.

Editada por Los Libros de la Catarata, el ‘Diccionario de memoria histórica. Conceptos contra el olvido’ tiene como objetivo aportar claridad conceptual y servir de instrumento para la necesaria reflexión crítica sobre la memoria histórica y sus posibilidades de futuro.

“El proceso de recuperación de la memoria histórica, centrado en la justa reivindicación de las víctimas del franquismo, plantea un claro desafío de futuro: la construcción de una identidad cívico-social y de una ciudadanía respetuosa con la cultura de la legalidad, la democracia y los derechos humanos, basada en reivindicar el valor de la Segunda República y de la memoria de quienes la defendieron”.

La obra se estructura en cuatro ejes que engloban la definición de los principales conceptos de este proceso: las piezas de la memoria (Reyes Mate, José María Sauca, Francisco Ferrándiz y Mirta Núñez), el contexto de la memoria (Francisco Espinosa Maestre, Sebastián Martín, Ariel Jerez, José Antonio Martín Pallín, Ramón Sáez y Emilio Silva), las políticas de la memoria (Francisco Etxeberria, Rafael Escudero, Luis Castro y Antonio González Quintana) y la memoria y la lucha contra la impunidad (Javier Chinchón, Hernando Valencia, Margalida Capellà, Carmen Pérez González y Montse Armengou).

Rafael Escudero Alday es profesor titular de Filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid. Premio Extraordinario de Doctorado por esta misma Universidad, es autor de los siguientes libros: Positivismo y moral interna del Derecho (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2000), Los calificativos del positivismo jurídico (Cívitas, 2004) eIntervención divina. El fracaso del Derecho en Palestina (Tirant lo Blanch, 2005). Ha sido editor de los siguientes libros colectivos: Los derechos a la sombra del muro. Un castigo más para el pueblo palestino (Los Libros de la Catarata, 2006), Segregados y recluidos. Los palestinos y las amenazas a su seguridad (Los Libros de la Catarata, 2008) y Conversaciones. La justicia en España (Los Libros de la Catarata, 2008). También ha coeditado, junto con José Antonio Martín Pallín, el libro Derecho y memoria histórica(Trotta, 2008) y, junto con Carmen Pérez González, La responsabilidad penal por la comisión de crímenes de guerra: el caso de Palestina (Aranzadi, 2009).

Presentación:

Centro Cultural Blanquerna

C/ Alcalá 44 – 28014 Madrid martes 15 de noviembre a las 19:00 hoas.

Intervendrán:

Teresa Aranguren, periodista

Emilio Silva, presidente de la Asociación de la memoria histórica y coautor del libro

José Antonio Martín Pallín, ex-magistrado del Tribunal Supremo y coautor del libro

Centro Cultural Blanquerna

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Fuente: nuevatribuna.es/articulo/cultura

LAS INCOGNITAS DE CASTUERA.

El campo de concentración de Castuera (Badajoz) Cecilio Gordillo. Jueves 14 de julio del 2005.

www.rojoynegro.info/2004/article.php3?id_article=5986

Durante estos días se celebran en Castuera (Badajoz) unas Jornadas sobre el Campo de Concentración que existió en dicha población y que aún permanece en la memoria de la mayoría de sus habitantes, pero también en otras miles de familias que repartidas por toda España tuvieron (y a muchos los hicieron desaparecer) a alguno de sus miembros en dicho campo. Estas jornadas es el segundo evento (el primero fue el pasado mes de Abril) que se realiza en este año y, además con un programa y unos ponentes que pueden ayudar a la reflexión pero también a aclarar algunas incógnitas de las que rodean ese momento histórico en esa comarca de Badajoz.

En 1999 visitando las localidades por donde pasaron algunos anarquistas andaluces (entre ellos el Dr. Pedro Vallina o el pedagogo José Sánchez Rosa) cuando fueron desterrados a la Siberia extremeña, buscando documentación y testimonios, alguno de los entrevistados o amigos que nos ayudaban (Pablo Ortiz, José María Lama, Paco Espinosa, etc..) nos hablaron de ese campo y de las bocaminas que lo rodean. Un año después realicé una visita a dicha localidad y mantuve un encuentro con su Alcalde y con el Presidente de la Diputación a los que les manifesté “…mi extrañeza por la escasa información existente y el silencio manifiesto que sobre este asunto reinaba en esta localidad, …. y la necesidad social e histórica de comenzar a tratar el tema por parte de las organizaciones políticas y las instituciones” . Con posterioridad, también le trasladé estas opiniones a la Consejería de Cultura de la Junta. El silencio seguía, y el miedo también.

Tuvieron que ser, una vez más, los medios de comunicación -entre ellos, el Periódico de Extremadura, pero también el suplemento dominical La Crónica de El Mundo, los informativos de Antena 3 TV y por último, el programa “La pesadilla de Castuera” de Línea 900 de TVE, y el inestimable valor de aquellos y aquellas ciudadanas que dieron sus testimonios, los que ayudaran a que, en primer lugar, el CEDER La Serena y posteriormente otras instituciones extremeñas tomaran la decisión de “meterle mano” de una vez por todas para comenzar a despejar estas incógnitas de nuestra historia más reciente que ha sido raptada a las últimas generaciones extremeñas, también a los que vivimos fuera de la tierra donde nacimos. Castuera es algo más que turrón y torta de queso.

Fuente: foroporlamemoria.info

Las víctimas del franquismo llevan su causa a Naciones Unidas reclamando una “acción urgente”

Según ha podido saber nuevatribuna.es, se trata de la primera denuncia que las víctimas de la dictadura presentan ante el Alto Comisionado de Derechos Humanos, con sede en Ginebra, ante la “negativa sistemática” del Estado español de buscar a los desaparecidos.

El Estado tiene la obligación de buscar a los desaparecidos según todos los Tratados Internacionales de Derechos Humanos

La situación de bloqueo en la investigación de los crímenes franquistas, el robo de niños y la exhumación de fosas, ha llevado a las víctimas a acudir a la ONU como única vía urgente ante la lentitud de los tribunales españoles y otras instancias internacionales y ante la negativa del Estado español a cumplir su labor de búsqueda de todos los desaparecidos.

Según ha podido conocer nuevatribuna.es, las víctimas del franquismo formalizaron este miércoles su denuncia ante la oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas, con sede en Ginebra (Suiza).

El escrito, de más de cien páginas, va dirigido alRelator Especial para la Prevención de la Tortura y otros Tratos Inhumanos, el argentino Juan Méndez, al que de forma expresa se le pide que actúe de manera “urgente” para poner fin al sufrimiento de los familiares que siguen sin saber donde se encuentran sus seres queridos, muchos de ellos en situación de “especial riesgo al tratarse de personas de avanzada edad”, señala el autor del texto Miguel Ángel Rodríguez Arias, autor a su vez del caso de los ‘Niños Perdidos. Crímenes contra la Humanidad’ y de las primeras investigaciones jurídicas sobre los desaparecidos del franquismo.

La denuncia ha sido suscrita por varios colectivos de víctimas en otra de las acciones internacionales a su alcance aunque no descartan acudir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo o el Relator ONU para la prevención del genocidio. Se trata, además, de la primera denuncia que las víctimas del franquismo presentan ante la ONU.

Las víctimas fundamentan su petición de “acción urgente” en la persistencia de “trato inhumano, cruel y degradante” por parte de Gobierno hacia varios miles de familiares directos de los desaparecidos de la dictadura franquista (casos de las fosas comunes clandestinas y de los niños víctimas de desaparición forzada), por no cumplir su deber en la localización de los restos mortales de al menos 113.000 víctimas desaparición forzada abandonados en fosas comunes clandestinas y de cientos de desaparecidos en combate en escenarios como la batalla del Ebro con restos mortales directamente insepultos, lo que viola el Segundo Protocolo de la Convención de Ginebra y la Convención de la Haya de 1898.

Una vez presentada la denuncia, el Relator –que es el que tiene competencias inmediatas ante una situación de sufrimiento-, podría iniciar en cualquier momento un procedimiento de investigación in situ, es decir, viniendo a España y acudiendo a los lugares donde se sabe están las fosas clandestinas, además de entrevistarse con los familiares. También podría optar por dirigirse por escrito al Gobierno para pedirle explicaciones de lo que está sucediendo.

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Exigen la retirada del monumento del falangista Onésimo Redondo

En un comunicado, la Plataforma para la retirada de símbolos franquistas reclama el cumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica y recuerda que esta reivindicación cuenta con el respaldo de 5.680 firmas. 

La Plataforma para la retirada de nombres y símbolos franquistas se concentrará este sábado, día 5 de noviembre, en la Plaza Mayor de La Cistérniga (Valladolid), para exigir la retirada del monumento a Onésimo Redondo, uno de los fundadores de la JONS y conocido como el ‘caudillo de Castilla’.

CONOCIDO COMO EL "CAUDILLO DE CASTILLA"

En un comunicado, la Plataforma reclama el cumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica y recuerda que esta retirada cuenta con el respaldo de 5.680 firmas que fueron entregadas el pasado 12 de mayo a la Subdelegación de Gobierno en la provincia.

Una vez celebrada la concentración, los manifestantes ascenderán hasta el cerro de San Cristóbal, donde se encuentra el monumento, para efectuar un derribo simbólico del mismo.

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Revolución tecnológica y política: caminamos al siglo XIX

nuevatribuna.es | Pedro L. Angosto | 19 Octubre 2011 – 22:26 h.
Como es sabido, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX tuvo lugar en Inglaterra la primera revolución industrial de la historia. Dos factores contribuyeron sobremanera a su éxito, la máquina de vapor, que permitió la motorización de la industria hasta entonces artesanal, y la “Jenny”, un fabuloso aparato de tejer que posibilitaba la producción de prendas de vestir a gran escala. Aquella primera revolución apenas salió de Inglaterra, pero en esa isla se produjeron los primeros desplazamientos masivos del campo a la ciudad, dando lugar al hacinamiento de la población en esos barrios insalubres que tan bien describió Charles Dickens. Atemorizados y reprimidos por la policía al servicio Su Majestad y del capital, los trabajadores apenas pudieron responder adecuadamente a las nuevas condiciones de trabajo que imponía la primera sociedad industrial, tan sólo las protestas de Ned Ludd y sus seguidores, quemando telares y máquinas que arrojaban al paro a miles de obreros, dejaron huella de la terrible situación en la que quedaron centenares de miles de personas desplazadas del campo a la ciudad para malvivir, yendo luego de un barrio a otro en busca de un jornal que sirviese siquiera para dar un vaso de leche a la prole.

Con la concentración de obreros en las fábricas, surgieron durante el siglo XIX los primeros teóricos de la emancipación de los trabajadores, los socialistas utópicos, a quienes sucederían a mediados de siglo dos de las figuras más notables de la historia de la Humanidad: Carlos Marx y Federico Engels, quienes en su Manifiesto comunista de 1848 ponían las bases del socialismo y la filosofía moderna, haciendo una llamada a los intelectuales para adelantar con su acción el ritmo de los acontecimientos: “Hasta ahora los filósofos han interpretado el mundo, a partir de ahora deberían ayudar a cambiarlo”. Aquella frase histórica pronunciada hace más de ciento cincuenta años, mal que les pese a muchos acomodados y pesebreros, es tan actual hoy como entonces y tendrían que aplicársela quienes viven en los altares de la mediocridad política e intelectual de un sistema cada día más inhumano y salvaje. El siglo XIX transcurrió entre revoluciones relativamente fracasadas que hicieron pensar a los gobernantes que algo había que cambiar, no obstante, la más avanzada de todas ellas, la acaecida en París en 1871, terminó con el fusilamiento por parte de Thiers y MacMahon de varios miles de revolucionarios y la deportación a Nueva Caledonia de por vida de otros tantos. La Ley Marcial imperó en Francia durante los cinco años siguientes, dejando claro que no cabía más sistema que el de la explotación del hombre por los hombres “bien nacidos”. Terminaron así, con un inmenso baño de sangre, las primeras respuestas organizadas de la clase obrera contra la primera revolución industrial.

Desde 1880 a 1914 tuvo lugar la segunda revolución industrial, caracterizada en este caso por la expansión del ferrocarril y del barco de vapor, la aparición de la industria siderúrgica y química, la irrupción del automóvil, del petróleo como combustible y del espectacular desarrollo de la banca y las transacciones comerciales, así como por la producción en serie, el taylorismo y el colonialismo. Es durante este periodo cuando se produce la mayor migración del campo a la ciudad en Europa, Estados Unidos y Japón, surgiendo a su vez el movimiento obrero que hoy –cuando más necesario es- languidece ante la atomización de la sociedad, la manipulación mediática y la globalización del capital. Aunque persistieron modos de lucha como el ludismo, el sabotaje o el boicot, el movimiento obrero, más organizado, a través de huelgas y manifestaciones brutalmente reprimidas por los gobiernos, consiguió en las décadas siguientes que las leyes recogiesen demandas históricas como el sufragio universal, los derechos de reunión, manifestación y libre expresión, la jornada de ocho horas, el descanso dominical, las vacaciones anuales, el seguro social, la jubilación pagada y el acceso a la educación. Empero, aunque las leyes de los países más desarrollados fueron recogiendo esos derechos, su aplicación tuvo que esperar a que la dos guerras mundiales, la de 1914-1918 y la de 1936-1945, bañasen de sangre y destrucción el Viejo Continente, también a que la URSS se convirtiese en una gran potencia militar y en una seria amenaza para el capitalismo Occidental. Sólo entonces, cuando las ciudades de Europa estaban en ruina y sus cementerios llenos a rebosar de cadáveres de inocentes, los gobiernos se decidieron, no por convicción sino por temor a una futura revolución, a aplicar las medidas que fueron aprobadas antes de la Gran Guerra.

Por tanto, es necesario que seamos conscientes de que eso que llamamos Estado del Bienestar, que es la fórmula de organización social más justa de las que hasta la fecha se ha dotado el hombre, nació hace solo sesenta años gracias a las luchas de los trabajadores occidentales y al temor a la URSS, y que desde la desaparición de la URSS, el surgimiento del individualismo extremo y la disminución del poder de los sindicatos de clase, se está produciendo por diversas artimañas el desmantelamiento de todo lo conseguido. Se nos dice ahora que el Estado ha engordado mucho y que debe adelgazar para salir de la crisis: Cuentos chinos, todo viene de mucho antes, desde que Tacher y Reagan decidieron poner al Estado en almoneda después de comprobar que, al mismo tiempo que se descomponía la URSS, triunfaba su estrategia mediática para dividir a los trabajadores en castas según puesto e ingresos. Desde entonces -hablamos de 1980- todas las crisis, pequeñas o grandes, se han saldado del mismo modo, entregando partes cada vez mayores del Estado a los negociantes, reduciendo derechos laborales y sociales, aumentando la economía sumergida, reduciendo los impuestos directos y progresivos a los más ricos, aumentando los indirectos y dando todas las facilidades para que los capitales se muevan a sus anchas sin control alguno por parte de los Estados.

Sin embargo, sería pueril pensar que eso ha sucedido porque sí. El proceso es largo, y a la desaparición de la URSS, la desmovilización de una clase obrera aburguesada, desclasada e indolente, habría que añadir la aparición de las economías emergentes orientales gracias a las inversiones de los capitalistas de Occidente que buscaban mano de obra barata y, sobre todo, los efectos de la última revolución tecnológica, la de las computadoras. Nada de lo que ha sucedido en el mundo habría sido posible sin los ordenadores, sin internet, sin la robotización, sin las nuevas tecnologías que podrían haber sido un maravilloso invento para mejorar la vida de los hombres, pero que al surgir en un momento de desmovilización social generalizada, se han convertido en máquinas de destrucción masiva de puestos de trabajo y, por ello, de creación de miseria: Ni los movimientos masivos de capitales, ni la deslocalización industrial, ni la especulación financiera habrían sido posibles sin esos aparatos que han penetrado hasta en lo más íntimo de nuestro ser, no para facilitarnos la vida, como debería haber sido, sino para esclavizarnos, porque ante la gigantesca revolución tecnológica a que asistimos desde hace dos décadas, no quedaba más remedio, como ocurrió con las anteriores, que reducir la jornada laboral, la edad de jubilación y aumentar las vacaciones, es decir, repartir el trabajo, hacer lo contrario de lo que se está haciendo.

Asistimos, sin duda, a la mayor revolución tecnológica de la historia, una revolución que permite a un solo hombre hacer el trabajo que antes hacían diez, que ha eliminado para siempre cientos de oficios y profesiones. Miren a su alrededor, en cualquier sector, las máquinas están sustituyendo al hombre mientras el hombre calla. Sin embargo, en el pecado llevan la penitencia: Las máquinas pueden producir mucho, pero no consumen e impiden que las personas puedan hacerlo, y sin un consumo sostenible nunca se saldrá de la crisis, jamás. Se impone, pues, una formidable reacción ciudadana para repartir el trabajo que queda y avanzar hacia una sociedad en la que todo, incluidos mercados y máquinas, estén al servicio de las personas. Nunca al revés. De no producirse esa contestación rotunda y definitiva, las puertas del siglo XIX quedarán abiertas durante muchas décadas. Como hemos podido comprobar el 15 de Octubre, hay señales que anuncian que una parte de la sociedad dormida comienza a desperezarse, pero, por otro lado, hay amenazas que pueden sumirnos en el más negro de los sueños: Que el 20 de noviembre próximo los franquistas neocon ganen las elecciones y, por primera vez en treinta y cinco años, todo el poder, todos los poderes estén en manos de los mismos que habrían gobernado si la dictadura del genocida Franco no hubiese desaparecido. Estamos a tiempo.

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Pedagogía. El problema de la enseñanza – Ricardo Mella

postdateiconViernes, 21 de Octubre de 2011 18:57postauthoriconEscrito por R. MellaPDF |

Ricardo Mella

Por oposición a la enseñanza religiosa, a la que cada vez muéstranse más refractarias gentes de muy diversas ideas políticas y sociales, se preconizan y actúan las enseñanzas laica, neutral y racionalista.

Al principio, el laicismo satisfacía suficientemente las aspiraciones populares. Pero cuando se fue comprendiendo que en las escuelas laicas no se hacía más que poner el civismo en lugar de la religión, el Estado e-u vez de Dios, surgió la idea de una enseñanza ajena a las doctrinas así religiosas como políticas. Entonces, se proclamó por unos la escuela neutral, por otros la racionalista.

Las objeciones a estos nuevos métodos no faltan, y a no tardar harán también crisis las denominaciones correspondientes.

Porque, en rigor, mientras no se disciernan perfectamente enseñanza y educación, cualquier método será defectuoso. Si redujéramos la cuestión a la enseñanza, propiamente dicha, no habría problema. Lo hay porque lo que se quiere en todo caso es educar, inculcar en los niños un modo especial de conducirse, de ser y de pensar. Y contra esta tendencia, todo imposición, se levantarán siempre cuantos pongan por encima de cualquier finalidad la independencia intelectual y corporal de la juventud.

La cuestión no consiste, pues, en que la escuela se llame laica, neutral o racionalista, etc. Esto sería un simple juego de palabras trasladado de nuestras preocupaciones políticas a nuestras opiniones pedagógicas.

El racionalismo variará y varía al presente según las ideas de los que lo propagan o practican. Él neutralismo, por otra parte, aun en el sentido relativo que debe dársele, queda a merced de permanecer libre y por encima de sus propias ideas y sentimientos. Mientras enseñanza y educación vayan confundidas, la tendencia, ya que no el y propósito, será modelar la juventud conforme a fines particulares y determinados.

Pero en el fondo la cuestión es más sencilla si se atiende al propósito real más que a las formas externas. Alienta en cuantos se pronuncian contra la enseñanza religiosa, el deseo de emancipar a la infancia y a la juventud de toda imposición y de todo dogma. Vienen luego los prejuicios políticos y sociales a confundir y mezclar con la función instructiva, la misión educativa. Mas todo el mundo reconocerá llanamente que tan sólo donde no se haga o pretenda hacer política., sociología o moral y filosofía tendenciosas, se dará verdadera instrucción, cualquiera que sea el nombre en que se ampare.

Y precisamente porque cada método se proclama capacitado no sólo para enseñar, sino también para educar según principios preestablecidos Y tremola en consecuencia una bandera doctrinaria, es necesario que hagamos ver claramente que si nos limitáramos a instruir a la juventud en las verdades adquiridas, haciéndoselas asequibles por la experiencia y por el entendimiento, el problema quedaría de plano resuelto.

Por buenos que nos reconozcamos, por mucho que estimemos nuestra propia bondad y nuestra propia justicia, no tenemos ni peor ni mejor derecho que los de la acera de enfrente para hacer a los jóvenes a nuestra imagen y semejanza. Si no hay el derecho de sugerir, de imponer a los niños un dogma religioso cualquiera, tampoco lo hay para aleccionarlos en una opinión política, en un ideal social, económico y filosófico.

Por otra parte, es evidente que para enseñar primeras letras, Geografía, Gramática. Matemáticas, etc., tanto en su aspecto útil como en el puramente artístico o científico, ninguna falta hace ampararse en doctrinas laicistas o racionalistas que suponen determinadas tendencias, y por -serlo, son contrarias a la función instructiva en sí misma. En términos claros y precisos: la escuela no debe, no puede ser ni republicana, ni masónica, ni socialista, ni anarquista, del mismo modo que no puede ni debe ser religiosa.

La escuela no puede ni debe ser más que el gimnasio adecuado al total desarrollo, al completo desenvolvimiento de los individuos. No hay, pues, que dar, a la juventud ideas hechas,cualesquiera que sean, porque ello implica castración y atrofia de aquellas mismas facultades que se pretenden excitar.

Fuera de toda bandería hay que instituir la enseñanza, arrancando a la juventud del poder de los doctrinarios aunque se digan revolucionarios. Verdades conquistadas, universalmente reconocidas, bastarán a formar individuos libres intelectualmente.

Se nos dirá que la juventud necesita más amplias enseñanzas, que es preciso que conozca todo el desenvolvimiento mental e histórico, que entre en posesión de sucesos e ideales sin cuyo aprendizaje el conocimiento sería incompleto.

Sin duda ninguna. Pero estos conocimientos no corresponden ya a la escuela. Y es aquí cuando la neutralidad reclama sus fueros. Poner a la vista de los jóvenes, previamente instruidos en las verdades comprobadas, el desenvolvimiento de todas las metafísicas, de todas las teologías, de todos los sistemas filosóficos, de todas las formas de organización, pasadas, presentes y futuras, de todos los hechos cumplidos y de todas las idealidades, será precisamente el complemento obligado de la escuela, el medio indispensable para suscitar en los entendimientos, no para imponer una concepción real de la vida. Que cada uno, ante este inmenso arsenal de hechos e ideas, se forme a sí mismo. El preceptor será fácilmente neutral, si está obligado a enseñar, no a dogmatizar.

Es cosa muy distinta explicar ideas religiosas a enseñar un dogma religioso: exponer ideas políticas a enseñar democracia, socialismo o anarquía. Es necesario explicarlo todo, pero no imponer cosa alguna por cierta y justa que se crea. Sólo a este precio la independencia intelectual será efectiva.

Y nosotros, que colocamos por encima de todo la libertad, toda la libertad de pensamiento y de acción, que proclamamos la real independencia del individuo, no podemos preconizar, para los jóvenes, métodos de imposición, ni aun métodos de enseñanza doctrinaria.

La escuela que queremos, sin denominación previa, es aquella en que mejor y más se suscite en los jóvenes el deseo de saber por sí mismos, de formarse sus propias ideas. Dondequiera que esto se haga, allí estaremos con nuestro modesto concurso.

Todo lo demás, en mayor o menor grado, es repasar los caminos trillados, encarrilarse voluntariamente, cambiar de andadores, pero no arrojarlos. Y lo que importa precisamente es arrojarlos de una vez. (Acción Libertaria, núm. 5 Gijón 16 Diciembre 1910.) II

Sabíamos que no faltan librepensadores, radicales y anarquistas que entienden la libertad al modo que la entienden los sectarios religiosos. Sabíamos que los tales actúan en la enseñanza, como en todas las manifestaciones de la vida, a la manera que los inquisidores actuaban y al modo que actúan hoy sus dignos herederos, los jesuitas laicos o religiosos. Y porque lo sabíamos, abordamos el problema de la enseñanza en nuestro artículo anterior.

Como no queremos ningún fanatismo, ni aun el fanatismo anarquista: como no transigimos con ninguna imposición, aun cuando se ampare en la ciencia, insistiremos en nuestros puntos de vista.

Se lleva tan lejos el sectarismo que se presenta en forma de dilema: o conmigo o contra mí. Libertarios se dicen los que así hablan. Les perturba la eufonía de una palabra: racionalismo. Y nosotros preguntamos: ¿qué es el racionalismo? ¿Es la filosofía de Kant, es la ciencia pura Y simple, es el ateísmo y es el anarquismo? ¡Cuántas y cuántas voces clamarían en contra de tales asertos!

Sea lo que quiera el racionalismo, es para algunos de los nuestros la imposición de una doctrina a la juventud. Su propio lenguaje lo denuncia. Se dice y se repite que la enseñanza racionalista será anarquista o no será racionalista. Se afirma enfáticamente que la misión del profesor racionalista es hacer seres para vivir una sociedad de dicha y de libertad. Se identifica ciencia, racionalismo y anarquismo, y se sale del paso convirtiendo la enseñanza en una propaganda, en un proselitismo. Son más lógicos los que más lejos van y sostienen que se debe decir resueltamente enseñanza anarquista y dar de lado al resto de adjetivos sonoros que hacen la felicidad de los papamoscas que no llevan en el cerebro un adarme de fósforo.

No reparan estos libertarios que nadie tiene la misión de hacer a los demás de este e del otro modo, sino el deber de no estorbar que cada uno se haga a sí mismo como quiera. No observan que una cosa es instruir en las ciencias y otra enseñar una doctrina. No se detienen a considerar que lo que para, los adultos es simplemente propaganda, para los niños resulta imposición. Y en último extremo, que aunque el racionalismo y el anarquismo sean todo lo idénticos que se quiera, nosotros, anarquistas, debemos guardarnos bien de grabar deliberadamente en los tiernos cerebros infantiles una creencia cualquiera, impidiéndoles así o tratando de impedirles futuros desarrollos.

«Para mucha gente decía Clementina Jacquinet, en una conferencia dada en Barcelona acerca de la sociología en la escuela, y desgraciadamente para muchos maestros, la ciencia social está contenida por entero en sus periódicos, en los problemas de emancipación que tan vivamente agitan nuestra época.

Todo su saber consiste en inculcar a, sus discípulos sus opiniones preferidas, a fin de que causen en los cerebros una impresión imborrable, que se implanten en ellos y se extienda, ni más ni menos que a semejanza de una hierba parásita. Todo lo que han podido encontrar mejor para formar libertarios, es obrar al modo de los curas de todas las religiones.

No se dan cuenta de que forjando las inteligencias según su modelo predilecto, hacen obra antilibertaria, puesto que arrebatan al niño desde su más tierna infancia la facultad de pensar según su propia iniciativa

Se insistirá, no obstante lo dicho y transcrito, en que la anarquía y el racionalismo son una misma cosa, y hasta se dirá que son la verdad indiscutible, la ciencia toda, la evidencia absoluta. Puestos en el carril de la dogmática, decretarán la infalibilidad de sus creencias.

Mas aunque así fuera, ¿qué se haría de la libre elección, de la independencia intelectual del-niño? Ni aun la libertad absoluta debería ser impuestan sino libremente buscada, y aceptada, si la verdad absoluta no fuera un absurdo y un imposible en los términos fatalmente limitados de nuestro entendimiento.

No, no tenemos el derecho de imprimir en los vírgenes cerebros infantiles nuestras particulares ideas. Si ellas son verdaderas, es el niño quien debe deducirlas de los conocimientos generales que hayamos puesto a su alcance. No opiniones, sino principios bien probados para todo el mundo, lo que propiamente se llama ciencia, debe constituir el programa de la verdadera enseñanza, llamada ayer integral, hoy laica, neutra o racionalista, que el nombre importa poco. La sustancia de las cosas: he ahí lo que interesa. Y si en esa sustancia, está, como creemos, la verdad fundamental del anarquismo, anarquistas serán, cuando hombres, los jóvenes instruidos en las verdades científicas; pero lo serán por libre elección, por propio convencimiento, no porque los hayamos modelado, siguiendo la rutina, de todos los creyentes, según nuestro leal saber y entender.

La evidencia puede hacerse inmediata. ¿Qué clase de anarquismo enseñaríamos en las escuelas en el supuesto de que ciencia y anarquismo fueran una misma cosa? Un profesor comunista enseñaría a los niños el simplísimo e idílico anarquismo de Kropotkin. Otro profesor individualista enseñaría el feroz egolatrismo de los Nietszche y Stirner, o el complicado mutualismo proudhoniano. Un tercer profesor enseñaría el anarquismo a base sindicalista influido por las ideas de Malatesta u otros. ¿Cuál es aquí la verdad, la ciencia, para que quede establecido en firme ese desapoderado absurdo de lo absoluto racionalista?

Se olvida sencillamente que el anarquismo no es más que un cuerpo de doctrina y que por firme y razonable y científica que sea su base, no se sale del terreno de lo especulativo, de lo opinable y, como tal puede y debe explicarse, como todas las demás doctrinas, pero no enseñarse, que no es igual. Se olvida así mismo que la verdad de un día es el error del día siguiente y que nada hay capaz de establecer sólidamente que el porvenir no se reserva otras aspiraciones y otras verdades. Y se olvida, en fin, que estamos nosotros mismos prisioneros de mil prejuicios, de mil anacronismos, de mil sofismas que habríamos de transmitir necesariamente a las siguientes generaciones si hubiera de prevalecer el criterio sectario y estrecho de los doctrinarios del anarquismo.

Como nosotros hay miles de hombres que se creen en posesión de la verdad. Son probablemente, seguramente honrados, y honradamente piensan y sienten. Tienen el derecho a la neutralidad. Ni ellos han de imponer a la infancia sus ideas ni hemos de imponerle nosotros las nuestras. Enseñemos las verdades adquiridas y que cada uno se haga a sí mismo como pueda y quiera. Esto será más libertario que la funesta labor de dar a los niños ideas hechas que pueden ser, que serán muchas veces enormes errores.

Y guárdense los dómines del anarquismo que se consideran únicos poseedores de la verdad, la palmeta para mejor ocasión, que es ya tarde para resucitar risibles dictaduras y para expedir o denegar patentes que nadie solicita ni nadie admite. Como anarquistas, precisamente como anarquistas, queremos la enseñanza libre de toda clase de ismos, para que los hombres del porvenir puedan hacerse libres y dichosos por sí y no a medio de pretendidos modeladores, que es como quien dice redentores.

Ricardo Mella
(Acción Libertaria, núm. 11, Gijón 1911)
http://www.fondation-besnard.org/article.php3?id_article=617  
Fuente: portaloaca.com
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